El mito de la guerra sucia

Las campañas electorales, en particular las presidenciales, son un “momento mágico” que muestra a plenitud el alma de los mexicanos: afloran las pasiones, los prejuicios, los gustos y los intereses. Nos dirigen las emociones, los sentimientos: el raciocinio es guardado para mejores tiempos. Tales fenómenos son observables en las conversaciones entre amigos y conocidos, en los miles de correos que circulan por la red, en los videos de YouTobe y en los demás instrumentos de comunicación de las redes sociales. También es verificable en los artículos de opinión y en las interpretaciones de los comentaristas en la radio y la televisión.

La mayoría habla, escribe y discurre guiada más por preferencias que por razones soportadas en conocimientos. Es opinión (doxa), no ciencia (episteme). Son discursos lógicos y especulativos, pero no fundados en evidencias. Ejemplo: se arguye que si gana el PRI no habría restauración: los contrapesos imposibilitarían una Presidencia Imperial. Pero una reflexión similar se le escamotea al PRD: emociones, prejuicios e intereses se disfrazan de ciencia. Por ello los estudiosos de las campañas políticas concluyen que estos ejercicios son guerras, aunque bajo otro método, en las cuales no hay pérdida de vidas. La guerra o campaña electoral –regida por la pasión, que divide a buenos y malos o pinta el firmamento de blanco y negro–, no es limpia ni sucia. El límite son la ley y la moral pública: lo que no es prohibido es permitido. Ergo, es tan limpia como un ejercicio no cruento, y tan sucia como una guerra.

Las campañas electorales apelan al alma primitiva de la persona, no a su razón ni mucho menos a su ciencia. Por ello las estrategias de campaña invocan a los sentimientos, al corazón de los electores. Los estudios descubrieron que el sentimiento más poderoso se relaciona con la seguridad. Cuando se toca tan sensible fibra, las personas solemos elegir a candidatos que propugnan políticas públicas contrarias al interés general. De manera que lo más eficaz en las campañas es jugar con esa emoción. Por dicha causa abundan maniobras como las que sostienen que tal o cual candidato “es un peligro”. Otro ardid también contundente consiste en ridiculizar o minusvalorar al aspirante a algún cargo electoral.

Así, las campañas políticas modernas son más bien un medio para observar cómo responden los candidatos a pruebas extremas. Nada desdeñable en esta hora de incertidumbre global, cuando el mundo hoy conocido puede dar un giro radical, y que quizá de poco sirvan las propuestas electorales, que por lo demás se someterán al filtro de las fuerzas políticas locales y globales. Moraleja: votemos sin temor alguno.

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